23 septiembre 2007

"Si me hubieran castrado, no habría vuelto a violar'

Es esclavo de su líbido. Lleva 17 años pidiendo que acaben con ella. Y toda la vida maldiciéndola por su tiranía. Desde que tiene uso de razón, Sebastián Pol Bauzá nunca ha podido dominar sus impulsos sexuales. Por eso es un violador. Y por eso lo está pagando. Poco más de 13 años de cárcel por abusar de una veintena de niñas en Palma de Mallorca.

En el 2000 salió en libertad gracias al viejo Código Penal y, como el 20% de los violadores, volvió a las andadas un año más tarde. Añadió otra docena de víctimas a su currículo antes de volver a ser detenido tres años después. Ahora lo tienen a buen recaudo en una prisión manchega. Y no volverá a salir, en el mejor de los casos, hasta dentro de tres lustros. A no ser que, cumpliendo sus deseos, lo castren químicamente antes.

Para calmar sus impulsos sexuales, en la cárcel le dieron unas pastillas blancas que debía tomar antes de irse a la cama (...) Solo en su módulo de aislamiento, sobreponiéndose todavía a los abusos sexuales que le habían infligido los otros presos un día que le buscaron en el baño, Sebastián inició el tratamiento.

Poco a poco, sus prácticas onanistas fueron remitiendo y por fin pudo ver la televisión en paz. "Nunca en mi vida he estado mejor. Por el día ni me acuerdo del sexo y por la noche tengo pesadillas donde me remuerde la conciencia por lo que hice. Éste es el tipo de tratamiento que buscaba desde siempre", le llegó a confesar días más tarde a su abogado.
Sin castración química en el Código Penal

El fármaco por el que suspiraba Sebastián, llamado Androcur, no es otra cosa que acetato de ciproterona, un antiandrógeno sintetizado hace tres décadas para combatir el cáncer de próstata, el acné galopante y la alopecia femenina. Sin embargo, los psiquiatras descubrieron en él un efecto más claro: es especialmente indicado para inhibir el deseo sexual masculino (...) El caso de Sebastián Pol fue el primero de un reo que recibió este tratamiento en España.

Pero, inexplicablemente, tres meses después, le suspendieron el tratamiento y el reo volvió a padecer viendo la televisión. La recaída fue peor y le tuvieron que retirar del módulo de servicios porque empezaba a ser un peligro para las cocineras.

Durante el primer año en libertad, Sebastián siguió en tratamiento terapéutico. Primero con un psicólogo de la Seguridad Social y después con uno privado que no le cobraba nada. Pero acabó abandonándolo ante la falta de motivación "y a que nadie le fiscalizaba para que continuara", recuerda su letrado.

Antes, durante y después de su, en 2004, Sebastián pidió públicamente que le suministrasen el medicamento que le dio aquellos tres meses de felicidad: "Si me hubiesen castrado no habría vuelto a violar y, por lo tanto, no estaría en la cárcel. ¿Por qué no me mantuvieron aquel tratamiento?", dice en una de sus últimas cartas al abogado. Finalmente, el juzgado de Palma le condenó a 70 años de cárcel y descartó la castración química "porque no se contempla en el Código ni como pena ni como medida de seguridad".

2 comentarios:

  1. soy una persona a la que le cuesta controlar mis impulsos sexuales y me gustaria saber donde puedo acudir para que reciba un tratamiento de castracion quimica.
    debo aclarar que no soy violador pero estoy conciente de que aunque no sea un peligro para la sociedad si me considero un peligro para mi mismo

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  2. Ponte en contacto con la Generelatit de Cataluña en Barcelona.

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