29 noviembre 2007

Sobre hamburguesas, hipocresía... y un poco de mierda



“Te estoy diciendo que hay mierda en la carne”.Así de clarito se lo suelta el presidente de Mickey’s –una imaginaria cadena de hamburgueserías norteamericana- a su director de marketing Don Anderson en los primeros minutos de Fast Food Nation, una película que ha sido descrita en los Estados Unidos como el filme político de mayor impacto tras el Fahrenheit 9/11 de Michael Moore, así como un ataque frontal a la industria alimenticia del país muy en la línea de Super Size Me, el famoso documental del activista Morgan Spurlock.

Tras ver la película, creo que –sin ser un gran filme- Fast Food Nation deviene algo más profundo y menos panfletario que sus ilustres predecesores. Basada en un Best-Seller de Eric Schlosser del mismo título, el film explica como Don Anderson (Greg Kinnear), tras conocer la existencia de partículas fecales coloformes (antes resumidas como mierda) en la carne que comercializa, viaja a Cody (Colorado) lugar en donde su empresa colecta el ganado y lo transforma en hamburguesas. Aunque acabe conociendo los procedimientos y las irregularidades que se practican en su negocio, Anderson hará la vista larga y reafirmará su estrategia comercial.

Pero Fast Food Nation se complementa con algunos hilos argumentales que no son nada secundarios. En primer lugar, la historia de Raul (Wilmer Valderrama) y Sylvia (Catalina Sandino Moreno), dos inmigrantes ilegales que cruzan la frontera mejicana a pie y que acaban trabajando –sin seguro médico y en condiciones más bien pésimas- en una de las factorías de Mickey’s. Por otro lado, tenemos a la joven Amber (Ashley Jonson), una adolescente idealista y avispada que trabaja en uno de los Mickey’s de la zona y que acaba abandonando su puesto para juntarse con un grupo de denuncia de esa misma industria.

El mérito de esta película –que no documental- radica en que no solamente denuncia, sino que explica y justifica. Podemos ver, por ejemplo, como las empresas fabrican la carne mediante esencias absolutamente artificiales y sin mucha preocupación por la calidad de la materia prima. También vemos como muchos de sus ejecutivos aceptan resignadamente el mal estado de la carne como condición de posibilidad lógica de la estabilidad y la continuidad del negocio; así Bruce Willis, quien en un cameo fantástico, le suelta a Anderson que “a la mayoría de la gente no le gusta que le digamos lo que es mejor para ellos.”

Por otro lado, existen asuntos políticos de enorme importancia como la inmigración que Richard Linklater –director de la película- trata perfectamente y sin demagogia. Así vemos como el drama de Raul y Sylvia no es tanto el trabajar en condiciones pésimas, sino soportar el acoso laboral y sexual de su supervisor, que –para mayores bemoles- es mejicano como ellos. Un guiño muy inteligente que muestra como uno de los problemas que tiene la nueva inmigración en Estados Unidos es la discriminación por parte de sus compatriotas, que ven a los nuevos inquilinos del país como potenciales enemigos laborales.

Igualmente, me parece magníficamente trazado el personaje de la joven Amber, una chica prototípica del interior del país, con ciertas ambiciones pero con una vida absolutamente monótona y marcada por un trabajo insustancial. Amber es, en el fondo, la imagen de la toma de conciencia de una juventud –la estadounidense- que conoce mejor que nadie las miserias morales de su país, pero que no sabe como combatirlas (véase una escena magnífica en la que corta el alambre de uno de los ganaderos para liberar a las vacas, sin éxito alguno). Una generación, la de Amber, que ha conseguido promover películas como Fast Food Nation, pero a la que –manque pese- todavía le queda el reto de poder actuar y solucionar las cosas. De momento, como se dice en la película, ya saben; “la carne tiene mierda.”

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