25 enero 2008

El arte imbécil



A mediados de los sesenta Yoko Ono, ante una multitud de paseantes en el neoyorquino Central Park, rompió un valioso jarrón chino en mil pedazos. Luego pidió que cada uno recogiera un fragmento y dijo: “Dentro de veinte años, en esta misma fecha y en este mismo lugar nos reuniremos; cada uno traerá su pedacito de jarrón e intentaremos reconstruirlo”. Eso, según Yoko, era un poema en acción, un gesto artístico. Y ciertamente algo de extraña gracia poética tenía el asunto.

A mediados de los ochenta, en Alemania, alguien expuso en una galería de arte un sartén con tres salchichas fritas a punto de putrefacción y, alguien más, a un niño con síndrome de Down sentado en un banquito dentro de una urna de vidrio. La gracia había desaparecido.

En octubre de 2006 una prestigiosa galería de arte inglesa abrió una exposición de Simon Pope. Los asistentes se enfrentaron con una sala vacía: nada en el piso, nada en las paredes, absolutamente nada en ninguna parte. “Recuerden sus experiencias en otras galerías”, dijo Pope, “así tendrán la sensación de existir en dos lugares al mismo tiempo: el espacio vacío donde están ahora y el de la memoria”.

En agosto de 2007, Habacuc Vargas, de Costa Rica, expuso en la galería Códice un perro callejero enfermo al que amarró contra una pared de la sala sin darle agua ni alimentos. El objetivo era que los espectadores contemplaran el proceso de muerte por inanición del animalito, y así se sensibilizaran ante el sufrimiento. “Eres lo que lees”, se titulaba la obra.

Más recientemente, William López, discípulo de Habacuc, convocó a la presentación de un video-arte en el que, sin más ni más, muestra al público un gato y un pollo vivos y acto seguido se los come a mordiscos y bebe la sangre. La obra, de denuncia social según William, se titula “Supervivencia en el Tercer Mundo”.

La nota informativa sobre este último acontecimiento señala que, “al preguntarle al artista sobre la influencia de Habacuc en su propia estética, William respondió: la diferencia es que a él le gustan los animales sucios, o con sarna y yo los prefiero bien aseaditos porque si no, me puedo enfermar”.

Pope, los vanguardistas alemanes, Habacuc y William tienen algo en común: no son simples dementes o estafadores de incautos.

Por el contrario, forman parte de una legión de artistas conceptuales con creciente prestigio internacional, por más que ese prestigio desconcierte e irrite a ignorantes y tradicionalistas como yo, que a todas luces, según la nueva crítica, hemos dejado de comprender la sensibilidad artística contemporánea.

Los dos últimos eventos que he descrito han causado una intensa polémica en el mundillo artístico nacional, y algunos de los involucrados me han pedido una opinión al respecto.

Debo confesar que desde hace ya un par de años me he quedado sin palabras, sin argumentos y sin afán de analizar y discutir este tipo de fenómenos, cada vez más frecuentes.

Todas las semanas me llegan invitaciones a exposiciones de artistas conceptuales locales, que se multiplican como conejos, y que de pronto han descubierto la inmensa expresividad artística que hay en una vieja chancleta sucia encontrada en la calle, o en sus propios calzoncillos usados (esto no es ninguna broma de mi parte), y que consideran que el mundo debe acudir a una galería a contemplar extasiado esos objetos.

De Yoko a William hay una degradación. Hemos llegado a una zona límite (y no solo en la evolución de la noción de arte), en la que la palabra clave ya no es decadencia, falsedad o deshonestidad, sino simple y sencillamente imbecilidad.



Geovani Galeas/Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
geovanigaleas@hotmail.com

2 comentarios:

  1. ¿cómo se le puede permitir a este demente hacer tales exposiciones? ¿cómo se le llama a lo que hace, exposición? La gente que admira a este tipo de mamarrachos vividores, no les falta nada para parecerse a este ser, que no es ni humano ni nada de nada, es una porquería, que espero que sufra en sus propias carnes lo que a él le hace disfrutar.

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  2. Este es un psicópata al que le permiten rienda suelta a sus macabros gustos. Espero que el próximo animal que te comas se te atragante y te desgarre la garganta, o que te provoque una enfermedad larga y dolorosa, y te aseguro, que no todo el mundo estará dispuesto a ayudarte y los que ahora te admiran, querrán ver tu agonía en una exposición.

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