17 febrero 2008

Las mafias controlan la caza furtiva



Son muchos los que creen que la caza furtiva es cosa del pasado. Que se trata de una práctica ilegal muy residual localizada en zonas rurales y que apenas tiene seguidores. Que el furtivismo es, en esencia, un problema menor y esporádico. La Guardia Civil no comparte estas opiniones, y alerta del error. Recuerda que el índice de delitos relacionados con esta práctica es más elevado en España que en el resto de la UE, que la "conciencia ecológica" de los españoles es inferior a otros países europeos y que hay bastantes tradiciones poco éticas respecto a la caza que, a día de hoy, aún se mantienen.

Y lo ilustran con cifras. En 2007, el SEPRONA (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil) detuvo a 65 personas por delitos relacionados con la caza mayor (animales de gran tamaño, como jabalí o cabra); 44, por caza menor (especies más pequeñas, como conejo y perdiz), y 33 por otros atentados contra la fauna, entre ellos especies protegidas.

Desde el SEPRONA reconocen que las infracciones relacionadas con el furtivismo son muy similares a años anteriores, y avisan de que el fenómeno no se ha erradicado. Simplemente, ha evolucionado y ha cambiado de protagonistas y de presentación. Hace décadas, eran los cazadores del lugar quienes se lanzaban al monte para hacerse con piezas de forma irregular, muchas veces por mera supervivencia: había que comer.

Especies amenazadas

Hoy la cosa ha cambiado. Detrás de muchas cacerías ilegales se ocultan auténticas mafias organizadas. Organizaciones que mueven grandes cantidades de dinero y que operan sin escrúpulos, con tal de obtener la pieza deseada. Es el conocido como furtivismo del trofeo: gente con alto poder adquisitivo que contacta y paga a guías para que les localicen las piezas deseadas. Una vez abatido el animal, le cortan la cabeza y abandonan el resto del cuerpo en el monte. Algunas especies, como el urogallo, están en peligro de extinción, entre otros motivos, por la presión furtiva.

"Antes, estos cazadores ilegales eran casi una figura romántica. Ahora hay auténticos mercenarios que pagan burradas por conseguir su capricho", confirma Marcelo Verdeja, periodista especializado en caza y pesca. "Actúan sin impunidad, mueven muchísimo dinero y es una práctica terriblemente dañina", constata el teniente Martínez, del SEPRONA. Estas redes furtivas suelen anunciarse por Internet y también en medios especializados, bajo la apariencia de publicidad legal. Aunque también funciona el boca a boca. Estos grupos organizados utilizan armas y tecnología de última generación: visores nocturnos, silenciadores, radiotransmisores... Los cabecillas de estas bandas (conocidos como geiper) son los encargados de guiar al cliente hasta la pieza codiciada.

Los geiper conocen a la perfección los terrenos donde practicar la caza. Se mueven por el monte con sigilo y no dejan nada a la improvisación. Suelen actuar de noche, conocen la ubicación de los sistemas de alarmas de los guardas forestales, las posiciones de vigilancia de los agentes... Los equipos técnicos les permiten, además, huir a toda prisa en muchas ocasiones sin siquiera dejar rastro. "Es complicado capturarles y la única manera de sorprenderles es anticipándose a sus planes", reconoce la Guardia Civil.

Hace cuatro meses, efectivos del SEPRONA desarticularon una de estas mafias organizadas que actuaba en reservas y parques naturales. La operación concluyó con siete detenidos. En los registros posteriores se intervinieron cráneos y cuernos de cabra hispánica, corzo, rebeco y ciervo, entre otros trofeos. Otra parte de este macabro botín se ocultaba dentro de un arcón frigorífico, donde había congeladas cabezas de lobo ibérico y hasta un gato montés.

A. practica la caza furtiva en un pueblo de Aragón. Tiene 30 años y es cazador desde muy joven. Tiene su licencia de caza y permiso de armas en regla, y es socio de un coto. En un enorme congelador de su casa, A. esconde una cabeza de jabalí dentro de una bolsa de basura. Abatió el animal por la noche, fuera de temporada y con postas, una munición prohibida. Un día de estos, llevará la cabeza a un taxidermista. La quiere colocar en la bodega que tiene en el pueblo. A. también es furtivo en el río: pesca truchas a mano. "Aunque cada vez menos, porque está medio seco y hay pocos peces", admite.

Lejos quedan aquellos años en los que, junto a su tío y sus primos, esquilmaba el río. "Era una pasada. En una tarde igual pillábamos 80 ó 90 truchas, y otros tantos barbos", recuerda. Ahora, como entonces, A. comete estas ilegalidades "por afición". "Me divierte. Eso sí, voy con mucho ojo porque si me pillan se me cae el pelo", confiesa. El delito del furtivismo está tipificado en el artículo 335 del Código Penal. Las penas van desde los cuatro meses a los dos años de cárcel.

Los expertos coinciden en que se trata de unas penas no excesivamente altas. La mayoría de denuncias cursadas por la Guardia Civil se trata de sanciones administrativas. Para Marcelo Verdeja, la consecuencia de que estos castigos sean tan bajos "es que la ley ampara a los furtivos". "Campan a sus anchas. Deberían endurecerse las penas para frenar a esta gente", concluye.

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