09 marzo 2008

Furtivos, especie a extinguir

MANUEL MORENO
TOLEDO. Los furtivos que cazan con galgos están haciendo mella en los campos de Castilla-La Mancha, especialmente en la provincia de Toledo, porque destrozan las cosechas por conseguir una mísera liebre para satisfacer su afición, no por necesidad. Por eso, desde hace tres años, la Guardia Civil tiene abierta la operación «Galgo» con el principal objetivo de acabar con estos cazadores ilegales, para lo que los agentes utilizan un helicóptero y numerosos efectivos cada vez que salen en su busca y captura.
Viernes, 14.30 horas. Helipuerto del Hospital Nacional de Parapléjicos, en Toledo. El día es magnífico para que los cazadores furtivos afloren en el campo como setas. Sol radiante, el cielo totalmente despejado y una temperatura espléndida. «Se ha quedado una tarde propicia para que salgan», afirma el sargento primero Pedro, del Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil, que será uno de los cuatro tripulantes del helicóptero (dos pilotos y otro agente de apoyo) que participe hoy en el operativo. Mientras la aeronave esté en el aire, una veintena de patrullas (cuarenta guardias) se estará moviendo por una amplia zona de la provincia para reforzar el dispositivo.
El capitán Gustavo y el sargento Chema pilotan el helicóptero, en el que viaja también el guardia Capilla, que se encargará, además, de grabar con cámara por si las imágenes se utilizan como prueba en un juicio.
Los furtivos detenidos en la operación «Galgo» son, generalmente, de etnia gitana y quincalleros, muchos de ellos violentos y armados, que utilizan potentes vehículos para moverse sin problemas por los campos y, en caso de ser sorprendidos, poner pies en polvorosa. Sin embargo, desde que la Guardia Civil emplea los helicópteros en estos servicios el furtivo tiene muy difícil «irse de rositas».
Peligrosa persecución
El primer coche sospechoso de estar ocupado por cazadores ilegales se atisba desde el helicóptero un cuarto de hora después del despegue. Es un todoterreno muy potente, un Mercedes ML 430 verde. El capitán Gustavo, con muchas horas de vuelo, comanda la aeronave y se aproxima al objetivo. El vehículo emprende una veloz huida por un camino. Es una reacción inesperada para los agentes, que no saben a lo que se enfrentan. La peligrosa persecución, de varios kilómetros, discurre por las calles de Gerindote y acaba cerca de un olivar, en las afueras, con la detención de los seis ocupantes del todoterreno, que han arremetido dos veces contra la aeronave para desestabilizarla y han reventado la luna delantera del vehículo al golpearlo contra un patín del helicóptero.
Los agentes han puesto sus vidas en peligro, como sucedió hace dos meses y medio en Torrijos, pero han logrado echar el guante a los sospechosos, todos de etnia gitana y con antecedentes penales, que portan dos navajas, dos galgos y una liebre muerta. Son unos furtivos de «libro».
Muchos de estos sujetos sin licencia de caza se enfrentan a los guardas de las fincas, que han pedido ayuda a la Guardia Civil porque se sienten amenazados, a algunos les han apaleado y otros han perdido la vida, como Eusebio Calderón, asesinado por un quinqui, Doroteo Arnáiz Cáceres, en noviembre de 1998.
Los ilegales tampoco respetan las cosechas ni la caza, con lo que los daños para los agricultores y el medio ambiente son muy elevados. Además, por lo general, llevan galgos robados a los que quitan el «chip» y ponen a prueba detrás de las liebres. «Si no les valen, los ahorcan o los abandonan, lo que es un peligro para los conductores si los animales llegan a las carreteras», recuerdan los guardias Atanasio y Albarrán, una patrulla del Seprona que apoya desde tierra el trabajo del helicóptero.
Los primeros furtivos detenidos en la operación «Galgo», hace tres años, serán juzgados estos días. Son un padre y dos hijos, a los que se sorprendió en Burujón. Fueron apresados gracias al helicóptero, un elemento ya imprescindible para intentar erradicar a los ilegales, que han evolucionado en sus medios de locomoción. Comenzaron con vehículos de poca cilindrada, pero ya utilizan todoterrenos que van como balas. «Algunos de estos automóviles vuelan», asegura Albarrán, tras conocer que la aeronave ha «cazado» a seis individuos en Gerindote. Entre estos hay un menor de edad, de 17 años, pero no es extraño que niños de 10 años acompañen a los adultos.
Una hora después, se oye por el equipo de transmisiones que «Cuco» (nombre en clave de la aeronave) ha detectado a otros sospechosos también en un todoterreno. «El helicóptero ya está encima de ellos y no tienen escapatoria», aventura el guardia Atanasio, que advierte de la presencia de un galgo suelto comiendo un trozo de conejo y a menos de medio kilómetro de la A-42 (autovía de Madrid-Toledo). En efecto, como ha pronosticado el agente, a los cinco minutos se escucha por radio que han «caído» cinco individuos en Villamiel.
Un niño entre los furtivos
La aeronave aterriza luego en un paraje próximo a Yunclillos para que la tripulación charle unos minutos con Atanatasio y Albarrán («Abeja 40» es su nombre en clave). El comandante cuenta la peligrosa persecución de Gerindote. Se nota en sus palabras el momento de tensión que acaban de vivir.
Vuelta al trabajo. Otro aviso. Sergio, guarda de una finca, comunica la presencia de posibles furtivos por Yuncler. El helicóptero se dirige como una flecha hacia esa zona (su velocidad punta es de 260 kilómetros por hora, aunque la media oscila entre los 140 y 160 km/h). Mucho antes de que lleguen las patrullas, los agentes de la aeronave han logrado detener a otros cuantos, entre ellos un niño, que circulan también en un buen todoterreno, son gitanos y llevan dos galgos en el interior. Sin embargo, no hay caza, por lo que se les impondrá una sanción administrativa.
La tarde se echa. Después de quince días sin apresar a furtivos, el balance de detenidos ha sido muy bueno. «Cuco» regresa a su «nido», en Torrejón de Ardoz (Madrid), a la espera de un nuevo servicio.

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