15 mayo 2008

Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes para el torero José Tomás



La definición que la R.A.E. ofrece del término bellas artes es la siguiente: “ Cada una de las que tienen por objeto expresar la belleza y especialmente la pintura, la escultura y la música”.

El Ministerio de Cultura de España otorga todos los años las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes en sus diferentes modalidades y este año, una de ellas, previa aprobación en Consejo de Ministros, le ha sido concedida al matador de toros José Tomás, al igual que en ediciones pasadas la recibieron otros profesionales en esta práctica basada en infligir dolor a dichos animales y en sacrificarlos, como son los también matadores José María Manzanares y Enrique Ponce. Este Premio, según los principios bajo los que fue establecido pretende ser conferido a las figuras o entidades más destacadas por sus servicios de fomento y difusión del arte y la cultura

Aparecen así tres expresiones estrechamente ligadas a tan alta condecoración: arte, belleza y cultura, y reflexionando sobre el fin mismo de la Medalla trató de hallar la relación entre su Naturaleza y la actividad desempeñada por el matarife de los ruedos José Tomás, ya que sin duda deben de existir razones, al menos para el Consejo de Ministros así es, para otorgarle un galardón de tal categoría. Y en mi empeño por encontrar los vínculos entre el hecho de torturar a un animal durante veinte minutos para después matarlo y la esencia misma del Premio, creo haber dado con ellos en ciertas realidades inherentes a lo que los defensores de las corridas de toros llaman “La Fiesta más Culta del Mundo” .

Es arte en mayúsculas, sin duda, cuando con técnica, maestría y firmeza, el picador introduce la puya en el cuerpo del toro en el lugar adecuado, para evitar con ello que el animal embista durante la lidia levantando la cabeza, ya que el dolor que le producen las heridas sobre el morrillo y los músculos de la zona afectada, le obliga a mantener el cuello en línea recta. Arte que tendrá que mostrar más de una vez el picador si así se lo requiere el torero por ver éste que el toro acomete con demasiada energía, con el fin de debilitarlo desangrándolo y destrozándole músculos como el trapecio, el romboideo, el espinoso, el semi-espinoso, los serratos y los transversos del cuello, además de lesionar vasos sanguíneos y nervios. Poseer el acierto para saber cómo causar tal carnicería pero dejándolo con la vitalidad suficiente para que pueda seguir la faena, es ciertamente arte. Al igual que lo es hincarle las banderillas, cuya zona punzante de 6 cms. en las clásicas y de 8 cms. en las de castigo - al parecer hay veces que el toro merece ser castigado- y rematada por un arpón, logra por una parte consumir todavía más al animal y por otra, dotar al espectáculo de mayor plasticidad y colorido para cautivar a la afición.


Belleza, este término que indica la armonía y perfección que inspiran admiración y deleite, es lo que se logra en tres momentos impresionantes que marcan los últimos instantes de la representación: estoque, descabello y puntilla. El primero, la estocada con una espada cuyos 90 cms. se hunden en el cuerpo de la víctima, y que en ocasiones y hay imágenes del galardonado José Tomás que así lo muestran, lo atraviesan de lado a lado sobresaliendo por una parte la cruceta y el final del acero por otra pero sin acabar con su vida; si eso ocurre, el torero habrá de repetir la suerte de matar mientras el toro, ensartado con más de una espada, recuerda a un acerico proporcionando a los asistentes una imagen de gran hermosura. Luego, para añadir mayor magnificencia a la estampa, puede hacer su aparición otro estoque llamado verduguillo, que como complemento al primero se utiliza cuando el toro no tiene ya la movilidad suficiente que permita al maestro entrar una vez más con el estoque de matar, es el denominado descabello, cuya sublime función es penetrar entre las cervicales del animal y seccionarle la médula espinal. Y por último, si la bestia en su tozudez se resiste a morir, llega la solución definitiva: la puntilla, un puñal de unos 35 cms rematado en una lancetilla, que de un golpe se introducirá en la parte media del testuz, a poca distancia de la raíz de los cuernos para al fin, cortar el tronco encefálico de la res, que morirá o al menos quedará inmovilizada y el maestro habrá culminado su soberbia faena. Tres instrumentos magníficos gracias a los cuales, nos sentimos embriagados por la indescriptible sensación de estar siendo testigos de la hermosura en su esencia más pura, con ese toro atravesado, con el cuello agachado, sus patas dobladas, bañado en sangre y con la boca abierta, contemplando extasiados sus estertores agónicos que anuncian una muerte que llega a emocionarnos por su belleza.

Y la cultura, la que por supuesto resulta de proteger y cuidar esta sana tradición, de fomentarla, impulsarla, reavivarla y dignificarla como se merece, sin olvidar un factor fundamental, su transmisión, a la que los adultos nos vemos obligados como garantes de la educación y formación de nuestros hijos, iniciándoles en esta expresión artística, desvelándose sus misterios para que aprendan a amarla y protegerla y que así ellos, sean los continuadores de una de las manifestaciones más nobles del patrimonio cultural de una Sociedad ilustrada y civilizada como la nuestra.

Una última consideración, serán los Reyes los encargados de otorgar la Medalla al matador; en el caso de Juan Carlos me parece un acto lógico por su afición a la tauromaquia y sabiendo que asiste a corridas y disfruta viendo como un toro sufre, agoniza y muere; pero en el de la Reina, siendo también por todos conocido que esta tradición le resulta desagradable y que no se deleita ante el prolongado y profundo padecimiento del animal, me pregunto si no se le removerán las entrañas cuando haya de felicitar y entregar sonriente la condecoración a quien es premiado como impulsor del arte y de la cultura por haber martirizado y sacrificado a cientos de seres vivos.

José Tomás Román Martín, el matador que declaró que “Vivir sin torear no es vivir”, hace que me sienta orgulloso de pertenecer a una Sociedad que le reconoce por medio de sus mandatarios su papel como impulsor del arte y de la cultura, como transmisor de la belleza y en la que destrozarle poco a poco nervios, músculos y venas a un animal sea en vez de un acto cruel constitutivo de delito, una acción digna de recibir una Medalla al Mérito en las Bellas Artes a propuesta del Ministerio de Cultura.

Julio Ortega Fraile

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