29 septiembre 2008

Sarah Palin: matando desde el aire a los lobos




Con un desdén por la ciencia que alarma a los expertos en vida salvaje, la candidata republicana a la vicepresidencia de Estados Unidos sigue promoviendo en Alaska la matanza indiscriminada de estos animales.

Los activistas de la vida salvaje pensaron que habían visto lo peor en 2003, cuando Frank Murkowski, el entonces gobernador republicano de Alaska, firmó una ley apoyando los programas estatales para matar a los lobos salvajes desde el aire, invitando a los ciudadanos comunes a participar. Los lobos, creía Murkowski, superaban a los humanos matando alces y ciervos rojos, y el hombre necesitaba emparejar las cosas.

Pero eso fue antes de que Sarah Palin ocupase el puesto de Murkowski a fines de 2006. Ella fue un paso —o una garra— más lejos. Palin no pensaba que se debiera permitir a los alascanos perseguir a los lobos desde el aire y matarlos —había que alentarlos a que lo hicieran. La administración Palin puso una recompensa por las cabezas de los lobos o, para ser más precisos, por sus patas.

A principios de 2007, la administración Palin aprobó una iniciativa para pagar una recompensa de 150 dólares a los cazadores que cazaran a un lobo desde el aire en ciertas áreas, le cortaran la pata delantera izquierda y presentaran el apéndice. Dictaminando que la administración de la gobernadora no tenía la autoridad para ofrecer pagos, un juez estatal puso fin rápidamente a éstos, pero no a la cacería aérea de lobos.

Los detractores consideran que disparar desde el aire es un asunto salvaje, perpetrado bajo el eufemismo de “control de depredadores”. Las avionetas aparecen en invierno, por lo que los lobos se ven como blancos en un juego de video, corriendo a través de la capa de nieve. Los críticos piensan que la práctica viola la ética de la caza, mientras que los partidarios dicen que el proceso no es cacería, sino una matanza selectiva deliberada.

Palin ha argumentado que le preocupan los cazadores de Alaska, trenzados en una competencia perenne con los carnívoros caninos por la prodigiosa población ungulada del estado. Ella misma una cazadora, Palin ha combatido a los críticos de la cacería aérea de lobos con el apoyo del Alaska’s Outdoor Council (Consejo de actividades al aire libre de Alaska), una organización de apoyo firme y cabildeo a favor de la caza, pesca y grupos recreativos. Además de los así llamados cazadores urbanos, que les disparan a los alces mayormente por diversión, Alaska alberga una cantidad significativa de cazadores por subsistencia, incluyendo una parte de la población nativa. Los cazadores por subsistencia se apoyan en un alce ocasional para lograr sobrevivir. Los lobos, ha dicho Palin, les están robando la comida de la mesa.

La controversia por la promoción del control de los depredadores va más allá de que los activistas por los derechos de los animales rechacen el pensamiento de matar lobos desde el aire. Un grupo de científicos ha argumentado que Palin ha mostrado poca evidencia de que el programa actual de matar lobos de forma sistemática, una población que se estima está entre 7 mil y 11 mil animales, resulte en más alces para los cazadores. Los estimados estatales de las poblaciones de alces están bajo escrutinio. Algunos biólogos especializados en vida silvestre dicen que los defensores del control de depredadores ni siquiera comprenden lo que comen los lobos.

Los funcionarios del estado defienden sus descubrimientos científicos sobre el control de predadores. “En los últimos años, varias veces nuestra ciencia ha sido contendida en el tribunal”, dice Bruce Bartley, vocero del Departamento de Pesca y Caza de Alaska. “En cada instancia ella ha prevalecido”.

Sin embargo, no es difícil encontrar a alascanos que dicen que el entusiasmo de Palin por el control de predadores se ajusta a una narrativa más amplia de cómo ella adecúa la ciencia para que se ajuste a su enfoque personal. Está a favor de enseñar “creacionismo” en las escuelas públicas [que el hombre proviene de Dios, no de una evolución de las especies] y ha cuestionado si los humanos son en verdad responsables del calentamiento global.

Gordon Haber es un científico especializado en vida silvestre que ha estudiado a los lobos en Alaska por casi medio siglo. “En los asuntos relacionados con la vida salvaje, ya sean los osos polares o el control de predadores, Palin no ha mostrado ninguna inclinación a ser objetiva”, afirma. “No puedo hallar datos científicos creíbles que apoyen sus argumentos”, añade refiriéndose a las explicaciones del estado para matar lobos. “En la mayoría de los casos, existe evidencia en sentido contrario”.

El año pasado, 172 científicos firmaron una carta dirigida a Palin expresando su preocupación por la falta de apoyo científico para la operación estatal de matanza de lobos. Según ellos, los funcionarios estatales establecen objetivos de población para los alces y caribúes basados en “poblaciones históricamente altas que resultan inalcanzables e insostenibles”. Como resultado, “los programas de control de predadores mal diseñados” amenazan la salud a largo plazo, tanto de ungulados como de lobos. Los científicos concluían con un ruego a Palin para que considerase la conservación de los lobos y osos” con la base idéntica a la meta de producir más ungulados para los cazadores”.

Aparentemente, Palin no quedó impresionada. Este año introdujo una legislación estatal que divorciaría aún más de la ciencia el programa de control de predadores. La legislación transferiría la autoridad sobre el programa del Departamento de Pesca y Caza a la Junta de Caza de Alaska, cuyos miembros son nombrados por… Palin. Hasta algunos cazadores quedaron sorprendidos por su juego de poder.

La legislación actualmente está estancada en el Senado del estado de Alaska.

El control de predadores en Alaska data de las décadas 1920 y 1930. Aun entonces, los biólogos especializados en vida silvestre insistieron en que los lobos eran importantes para la ecología natural del área, y no eran responsables por las muertes excesivas de ovejas, caribúes o alces. Pero, los científicos lucharon una guerra perdida contra los rancheros, cazadores y funcionarios del gobierno, quienes apoyaron el exterminio de decenas de miles de lobos.

La caza aérea comenzó en 1940 y continuó aún dos décadas después, luego de que Alaska ganara su estatus de estado de la Unión Americana.

Pero a partir de 2003, Murkowski abrió la cacería aérea a los ciudadanos con permisos especiales y expandió los programas de control de predadores para cubrir 15 mil 540 hectáreas de tierras estatales y federales, la operación más grande de matanza de lobos desde que Alaska se convirtió en estado.

La meta declarada es reducir las poblaciones de lobos de algunas áreas en 60 a 80 por ciento. Los equipos de pilotos y tiradores han matado al menos 795 lobos desde 2003. Los conservacionistas argumentan que la cifra total de lobos atrapados, cazados desde el aire, perseguidos por máquinas de nieve y matados legal e ilegalmente en Alaska todos los años se acercaría en realidad a los 2 mil.

Los científicos insisten en que la administración Palin está matando lobos sistemáticamente, con una comprensión inadecuada de la relación entre los animales carnívoros y los ungulados. El estado responde que los predadores matan más de 80% de los alces y caribúes que mueren cada año, mientras que los cazadores matan menos de 10 por ciento.

Haber dice que las cifras del estado están locamente infladas. Sus décadas de investigar a los lobos han mostrado que éstos son, de hecho, mayormente carroñeros. “Entre 60 y 70% de los alces que comen son carroña”, afirma. Añade que, con base en observaciones de segunda mano y exploraciones, los estimados de la población de lobos del estado también son altos.

El año pasado, el representante George Miller, demócrata por California, presentó una legislación diseñada para restringir los programas de control de predadores, excepto como último recurso. “Es tiempo de acabar con el ataque ilegal e inhumano contra los lobos perpetrado por Alaska”, dijo.

Palin se apresuró a enviar una carta de respuesta, aplaudiendo los programas del estado como “ampliamente reconocidos por su excelencia y efectividad”.

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