12 marzo 2009

Centenares de camboyanos son vendidos como esclavos a pesqueros tailandeses



Cientos de camboyanos son esclavizados cada año tras ser vendidos a barcos de pesca tailandeses, en los que trabajan sin cobrar, a veces durante años, constantemente amenazados de muerte por parte de sus explotadores. La mayoría de las víctimas procede de las zonas rurales míseras, y cae en las redes de tráfico de personas al creer en la promesa de un trabajo remunerado como obrero de la construcción o en las fábricas de Tailandia.

Su pesadilla comienza cuando los traficantes se quedan sus pasaportes y cruzan ilegalmente la frontera para ser llevados a puertos tailandeses, donde son embarcados a la fuerza en los pesqueros que faenan en aguas del Mar de China Meridional y que evitan atracar en Tailandia durante meses o años.

El caso de Matysa, uno de los 17 camboyanos rescatados en diciembre pasado en un calabozo para inmigrantes ilegales en el estado malasio de Sarawak, en la isla de Borneo, ilustra la desventurada odisea por la que pasan las víctimas de esta forma de esclavitud denunciada por Naciones Unidas y organizaciones comprometidas con la defensa de los Derechos Humanos.
La historia de Matysa

Matysa, de 28 años, al igual que otros camboyanos, quedó a merced de las mafias al aceptar la tentadora oferta de ganar 6.000 bats (unos 170 dólares) que le hizo un vecino del empobrecido barrio de Phnom Penh en el que residía.

"Crucé la frontera y allí me metieron en un vehículo que me llevó directo a una posada en Pattani (sur de Tailandia). No me dejaron salir de la habitación hasta el día en que embarqué. Un capitán me había comprado", relató.

En el pesquero, Matysa encontró a nueve camboyanos que habían embarcado en otro puerto, a unos 50 kilómetros al sur de Bangkok. "El capitán dijo que no saldríamos del barco en dos años y que no cobraríamos hasta el final", recordó.

Durante varios meses, la tripulación camboyana fue obligada a trabajar sin descanso aún cuando caían enfermos. En ocasiones, eran apaleados o amenazados por el capitán, armado con un rifle y un machete.

"Las condiciones son deliberadamente muy duras porque muchos patrones, que suelen ir armados, prefieren que los pescadores escapen y así evitar tener que pagarles nada", explicó Manfred Hornung, consultor de Licadho, uno de los grupos humanitarios que combate esta lacra.
Asesinados en alta mar

Licadho, que investiga este delito, dispone de testimonios que aseguran haber visto matar a tiros a camboyanos a bordo de los pesqueros y tirar los cadáveres por la borda en alta mar después de haberse quejado del trabajo.

Después de tres meses cautivo, Matysa vio la oportunidad de escapar cuando su barco atracó en el puerto de Tanjung Manis, en el estado malasio de Sarawak. Pero su pesadilla no acabó. Tras fugarse del barco, fue engatusado para faenar en una plantación de aceite de palma de Borneo, "Nos daban sólo arroz y hortalizas. Cuando pregunté por mi sueldo, me dijeron que había sido vendido a la plantación, que el capataz había pagado para comprarme", explicó Matysa.

Meses después, escapó de la explotación agrícola y, tras vagar varios días, fue detenido por la Policía y encarcelado por entrar ilegalmente en Malasia. Hace ya dos meses, Matysa fue repatriado a Camboya, donde sobrevive gracias a la venta de los peces que pesca a diario en el río.

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